BIENVENIDA

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martes, 8 de marzo de 2011

Interrogantes


“Fue sin querer, no hubo intención. La excusa pudo ser…….*” cualquiera; que coincidimos ante el mismo cuadro de Carlos Páez Vilaró; que en un momento escuché tu voz dando su opinión -miré hacia los costados y estaba sólo yo a tu lado- y dejaste colgado un signo de interrogación al cual me así para dar la mía; que me pediste te tomara una foto junto a Agó y te llamé “cholulo” –aunque yo también tuve la mía-; que nos sentamos luego en la cafetería del museo de cara al mar y vos me hablaste de  la “uruguayéz”  malentendida que tenemos; que en parte me identifiqué  cuando me explicaste que los uruguayos, bajo ese manto de amigables y nobles del que hacemos alarde y tenemos fama frente al mundo, somos bastante soberbios y no nos gusta demasiado que nuestra “sociedad intelectual” tenga mucho jet set, como si las cámaras y los flashes les fuesen a quitar  profundidad de contenido a nuestros artistas y a sus obras ; que nos gustan los halagos –nadie sube a un escenario con la esperanza que no le aplaudan, o escribe un libro para que nadie lo lea- pero la estrategia “bajo perfil”  pretende demostrar  que no importa cuántos, sino quienes aplauden, aún cuando estos últimos no basten para que un artista pueda subsistir  solamente de su obra; que llegó una visita guiada de alemanes y nos pidieron a ambos les tomásemos fotos y luego nos pidieron que posáramos para llevarse una nuestra……….. y nos divirtió la idea¡; que hasta se nos cayeron lágrimas de risa ante anécdotas de tu orilla y de la mía; que disfruté como hacía mucho no lo hacía, esa tarde juntos.
Y de pronto, vi tus ojos verdes transformándose en naranjas cuando el ocaso se instaló en ellos. No me di cuenta de lo rápido que transcurrió el tiempo. 
Salimos del lugar sin  promesas por cumplir, ni página de ruta coincidente, aunque yo guardaba  la ínfima posibilidad de que la jornada en común, no hubiese acabado todavía. Nos despedimos en la puerta con un beso en la mejilla. Tenía mi coche mas lejos que el tuyo por lo que caminé y cuando me estaba acercando, colocaste el tuyo a mi lado y  preguntaste: “vamos hasta el mar a ver nacer la luna?”. Y una vez mas, me prendió tu interrogante.

* La frase inicial entre comillas, pertenece a la canción de Ruben Blades “Sin querer queriendo”

lunes, 17 de noviembre de 2008

Las historias que contaba mi padre

Hoy gran almuerzo, gran¡¡¡ Habíamos quedado en ir con los chicos al mediodía a lo de mis padres y cuando llegamos, grande fue la sorpresa de encontrar a la tía Cucu y a Elena, la novia incondicional de mi hermano desde hace seis años.
Cada vez que estoy en casa -pese a que tenemos la nuestra con mis hijos, la de mis viejos sigue siendo la "casa matríz"- vuelvo a ser "la nena", donde mi padre con sus 90 años y su mezcla de Alzheimer y Parkinson vertiginoso, intenta ponerse al día con mi vida entre las pocas preguntas que logra coordinar hacerme. Pero nunca deja de reconocerme y eso me llena de orgullo. Elena dice que nos parecemos y es posible. La mayoría de mis recuerdos infantiles se relacionan con él, donde yo lo veía re alto -es bajo y ahora con los años, aún más-, fuerte, erguido y todopoderoso. Pese a que era mozo de un bar comandado por dos gallegos que vinieron a probar suerte, yo le inventaba mil oficios distintos. Recuerdo que en 1° de escuela, cuando algún idiota de una pedrada rompió el vidrio de nuestro salón de clases, la Señorita Lola -una veterana divinaaaaaaa, aún hoy la recuerdo patente- preguntó en clase si alguno de nuestros padres era vidriero y yo levanté las dos manos, desesperada porque me viese a mí antes que a cualquier otro de mis compañeros. Por cierto que mi padre ni puta idea de cómo se colocaba un vidrio, eh?, en casa jamás le había visto colocar ninguno y luego con los años comprendí que el pobre fue siempre muy elemental en tareas domésticas, pero frente a su hija que le adoraba, tenía que sacarse lustre y no podía dejar el currículum que le había elaborado yo por el piso. Aún al día de hoy estamos por saber con mamá, cómo el hombre que trabajaba toda la noche se vino por la mañana al cole, tomó las medidas del vidrio, compró la macilla, acomodó los marcos y colocó el dichoso vidrio. Ese día mi padre que para mí ya era un héroe, pasó a ser un Dios.- Creo que ese detalle de mí para con él desde mis 6 años, marcó un hito en su aprendizaje de ser padre y nos volvió más compinches a partir de entonces. Pero lo que más me sedujo siempre de él fueron sus historias¡¡¡¡ jajaajajjaa me río hoy porque recuerdo aquellas historias por él inventadas que comenzaban con situaciones triviales pero luego se iban enmarañando de tal modo, que lo que menos lograban era que yo me durmiese¡¡¡ Por el contrario, cada vez me entusiasmaba más ante la trama al no poder imaginar cómo saldría el o la protagonista del intríngulis. Por momentos, mi padre se reía tanto, pero tanto que yo no entendía muy bien el porqué. Recién lo vine a descubrir cuando Diego tuvo 3 años y alquilamos una casa en El Pinar por todo un verano. Ahí mis padres fueron algunos días y recuerdo un mediodía en particular, donde él se hizo cargo de llevarse a Diego a hacer la siesta. Cuando me asomo por la puerta semiabierta, me pongo pegada a escuchar el cuento del momento -aclaro que por esos días, Diego se negaba a lavarse los pies excepto al bañarse, no me pregunten por qué extraño motivo- entonces el cuento venía mas o menos así: se trataba de un niño que concurría a la escuela y que tenía muy pocos amigos. La maestra se preguntaba por qué estaría tan sólo? Hasta que se le acercó un día y el olor a pies era insoportable¡¡ entonces ahí, la maestra comprendió el motivo por el que el niño estaba solitario en el mundo ¡por el olor a pata sucia¡¡ jajajajaja Diego preguntaba si la maestra le obligó entonces a lavarse, y mi padre le contó que la misma maestra había tomado una barra de jabón y le había llevado hasta el patio -en horario que no hubiesen otros chicos mirando- y le había lavado los pies de tal modo que brillaban luego¡¡¡ Confieso que me conozco todo el "cuento" porque no me podía despegar de la puerta y tenía que taparme la boca para que no se sientieran mis risotadas. Mi padre en cambio, no podía ni quería disimular la risa que le brotaba a raudales ante el estupor de Diego, que le preguntaba qué había hecho el niño con las medias¡¡¡¡ Y claro, como el cuento iba inventándose solo y poniéndose mas grosso cada vez, supongo que la imaginación de mi padre recreándose el invento, no toleraba el no carcajearse ante la ocurrencia de que el niño........ guardó las medias en la túnica¡¡¡¡ Pobre niño del cuento, ni las moscas se le acercarían luego. ¡Vaya cuento para un nieto de 3 años¡¡¡ Pero lo concreto fue que luego de la panzada de risas, ambos se durmieron, yo me fuí a la cocina a soltar la carcajada mientras le contaba a mamá lo ocurrido, y Diego a partir de ese día, no se resistió a lavarse "las patas" luego de andar descalzo por la casa.- Qué epocas¡¡¡

Hoy sin embargo, mi viejo camina muy despacio y con bastón, excepto cuando sabe que yo estoy por llegar o me vé. Ahí, dicen mi hermano -quien creo en el fondo se pone un pelín celoso- y mi madre, camina tan rápido que no me creo al verle lo que me cuentan han pasado con él durante la semana.- No me lo quiero creo en esos momentos porque se que es verdad, que cada vez recuerda menos y le cuesta más el caminar. Pero yo estoy ahí, entre sus memorias imborrables, al igual que mi hermano y "esa flaca", como le dice a mi madre de tanto en tanto cuando no la reconoce del todo. Muchas veces como hoy, me pregunto si recordará los cuentos de Caperucita Roja -en sus mil versiones por él inventadas-, la "Niña molinera" -nunca supe de donde inventó éste cuento- y mucho menos aún el de "El niño con olor a pata". Pero cuando me mira con esa cara bonachona y me lanza una sonrisa picarona, como de complicidad, creo descubrir al gran narrador e imagino se está riendo de los cuentos que me inventaba aquellas tardes de presiesta