
Y me susurras tus poemas inéditos, esos que jamás verán la luz y que llevas guardados en una cajita de fósforos quemados. Y sueño que sueño tu voz en mi oído, revelándome paisajes que nunca visité, mientras tus manos recorren una geografía desconocida, ondulada y dócil, de temperatura cálida, que poco a poco se torna en húmeda y caliente.
Y sueño que sueño que muerdo mis labios resecos, buscando en los tuyos la savia hidratante. Y mientras nuestras lenguas confirman mil sensaciones intuídas en tus letras, siento ceder complacida, la sequía que había instalada en nuestros labios, que entre beso y beso sonríen, al ver llegado el riego.
Y sueño que nuestras manos y bocas pintan un cuadro de Monet sobre un lienzo hecho de piel, pincelado con matices de palabras dichas a medias y suspiros, respiraciones entrecortadas y silencios.
Y sueño que siento tus dedos y labios sobre mí continuar su camino, y es tan grande el deseo que van encendiendo, que los míos se vuelven inertes, tullidos, testigos involuntarios e incapaces de frenar la ebullición que en mí germina.
Y aún cuando sueño en acabar contigo el cuadro que juntos comenzamos, se me nubla la visión, voy perdiendo fuerzas intentando hacer oír mis gritos, que sordos mueren en mi garganta.
Y sueño que sueño que formo parte de una nube del color de tu pelo, donde no respiro, solamente existo al compás de tu ritmo. Y por unos momentos eres mi titiritero, el que me ha conducido hasta esa trampa de pasión y deseo, mientras tú, espectador exclusivo, sientes el preludio anunciado por mi cuerpo semiarqueado y finalmente contemplas extasiado, la fuga del placer que de mí brota y se estaciona en mi rostro transpirado y en los gemidos roncos que emergen, al sentirse liberados.
Y ya semidormida, cuando comienza a amanecer antes de irte, te vuelves a mi oído y me susurras: “ya no volveré esta noche”, pretendiendo olvidar que lo repites siempre. Y como siempre lo hago, sonrío ante tu engaño.
Y cuando por fin despierto y no te encuentro, me refugio en el recuerdo del sueño que soñé. Mientras, vivo el día añorando el sol se oculte y mis párpados cansados se cierren por el sueño, para no faltar a la cita entre dos náufragos errantes, que se encuentran cada noche para anclar sus orfandades.
