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lunes, 26 de enero de 2009

Emergiendo

Puedo decir que pasé un fin de semana de verano pleno. Disfruté como marrana en el agua; tomé martinis blancos a piaccere; me quemé por demás y tuve que volverme milanesa de aloe para amortiguar un poco el ardor; no quería salirme del mar por nada del mundo; “conminé” a mi cuñada para que fuesemos al Mautone a que la viese un médico para saber qué diablos tenía, ya que hacía una semana estaba encerrada con fiebre y suspiros y finalmente le dieron antibióticos. Al menos comencé porque fuese a la playa por la noche el sábado. Nos fuimos hasta Punta Colorada, bastante antes de la Reserva Natural y me zambullí al agua como una poseída mientras Laura se mojaba los pies apenas. Si bien de día yo ya había estado en la playa de Pirlápolis, no me supo igual que Punta Colorada a la noche. A esa hora, 21.00 p.m. sólo habían personas paseando a sus perros y pescadores, por lo que era la única mortal cuya intención era volverme una con el mar. Y al ir adentrándome, me dejé llevar. Nos abrazamos suavemente, como quien baila por vez primera con otro que no es tu pareja, y al ir meciéndonos, nos fuimos reconociendo y comprendiendo, como cuando nos conectamos por primera vez, hace años en ese mismo lugar. No nos habíamos olvidado, teníamos nostalgias guardadas, me emocioné hasta las lágrimas mirando el cielo taponeado de estrellas desde ese inmenso colchón de agua, todo mío, por un momento tuve la sensación de que se había detenido el mundo¡¡¡¡ Divagué con ese encuentro que vino engarzado con otros, retrocedí en el tiempo, recordé tu pronunciación castiza tan querida, olí perfumes pasados que acudieron a mi naríz que sobresalía del agua, figuras hoy lejanas se me arrimaban cual fantasmas, fantasías vueltas olas contigo ahí, si, contigo y con aquella playa nuestra. Confieso que si el mundo hubiese acabado en ese momento, no me hubiese importado. Pero tenía que salir y como ya hacía frío, me quité la malla y me envolví en la toalla mientras con Laura caminábamos por la orilla del mar, hasta la reserva que tenía las luces encendidas. Cuando estábamos frente a la misma, entendí que no podía entrar de toalla al sitio, por lo que comencé a vestirme (noche ya entrada). En el preciso momento en el que estoy en pelota picada sacándome la toalla y poniéndome short y blusa larga, encienden unos reflectores directos hacia mí y gritan “a escena, comienza la función”¡¡¡¡ Vayaaaaaaaaa¡¡¡ y yo sin maquillaje en pleno escenario¡¡ me tapé con lo que pude pues tenía media “platea” mirándonos. Por cierto que ante mis gritos apagaron los focos hasta que me terminé de vestir. No sabía si reirme al unísono con Laura o volver a meterme al agua. Conclusión: terminé siendo la "vedette" de la obra de teatro underground que se estaba por presentar ese sábado desde la mismísima playa, y yo aparecía en el primer acto, no me había enterado, sin cobrar caché. Pero bueno, nos reímos todos y fue algo totalmente diferente. Cuando terminó la obra de verdad, volvimos a casa y mi sobrino y su amigo nos esperaban con el asado ya pronto, chorizos y morcillas ¡unas ídolas nosotras, que no hicimos nada¡¡ El domingo fue genial también, volvimos a ir a Punta Colorada; mi ómnibus salía a las 20.05 desde la Terminal, Laura me llevaba y llegamos a las 20.04, corrí, perdí el ómnibus, me caí y reventé las dos rodillas en el pavimento de la dichosa Terminal, se me volaron los lentes, el reloj, mi dignidad; por compasión me dejaron subir a otro que supuestamente tenía un sitio vacío -no había mas boletos sino hasta la madrugada-, me senté y a los pocos kilómetros sube una pareja de bolivianos con una beba que nos piden los asientos –el de al lado al mío, era ocupado por un chico joven que sabía iba a viajar parado y lo usaba hasta tanto no llegara el titular-, yo le muestro mi rodilla sangrante al señor boliviano que llevaba lentes de sol, se me caían las lágrimas porque me dolía pila, el señor boliviano me dice que “no te preocupes, mientras viaje sentada mi esposa e hijita”; para que no pareciese melodrama, insisto en que vea mi rodilla levantándola todo lo que mi dolor me permite –la llevaba al aire para que no se me pegara el pantalón- hasta que me dice: “tú tranquila, soy no vidente”. Diga que como ya estaba recontra quemada por el sol, una "quemadura" -verguenza- de esa índole, pasó inadvertida.
Valió la pena el desnudo escénico; el rojizo infierno que adquirí; la caída en plena salida de ómnibus ante cientos de personas y la metida de pata con el ciego. ¡ Qué zambullidas gloriosas disfruté¡¡¡ Y ahora, a retomar la semanita¡¡¡