La primera vez que vi a Isaura, no tuve buena impresión. Cuando entramos en consulta, apenas esbozó un saludo y sin mirarte a los ojos, preguntó cómo seguías. Parecía parapetada detrás del escritorio lleno de analíticas y expedientes, con la identificación de médico con su nombre prendido en la túnica blanca, las recetas listas para llenar y la lapicera cual arma en mano, pronta para ejecutar el primer disparo “sedante”. Nosotros tres del otro lado, intentando romper el silencio cortante con comentarios triviales, que de modo alguno lograron que su vista se levantara de las recetas que salían como de una máquina de contar billetes; nosotros tres mientras, esperando una respuesta esperanzadora a una pregunta inexistente que flotaba en el aire, sin formalizarse. Yo a tu lado, observaba expectante tu impaciencia y tu cautela, tu silencio disimulado por el ruido provocado por papeles viejos que movías dentro de la carpeta que siempre llevas, como intentando acreditar tu existencia. Parecías un adolescente al que no le ha ido del todo bien durante el año en matemática y teniendo al profesor enfrente, no se animara a preguntarle si exonera o no, antes que le entreguen el carné. Y recordaba a aquél hombre encarador, siempre seductor con sus palabras y acento castizo que tanto me atrapó, siempre apresurado, siempre intentando buscar soluciones inmediatas a problemas añejos. Y te quise mucho mas en éste nuevo rol, y odié mucho a Isaura por no dedicarte la atención que yo deseaba, por no tomar tu mano y transmitirte la confianza que necesitabas, por esconderse detrás del escritorio, por despedirnos con un montón de recetas de quimio nuevamente y no regalarnos un “al fin, se terminó”.
Casi al mes, la volvimos a ver. Con una excusa tonta, de esas que le damos a los hijos cuando no queremos apenarles, o que no se enteren de algo –aunque ya lo sepan- decidiste que era mejor que a esa consulta fuésemos tú y yo solos. Yo sabía que tú querías saber, pero no exactamente qué. Isaura nos saludó y cuando sin mirarnos, intentó sumergirse en la cadena de recetas a darte, tomé su mano antes que comenzara a escribir y le pedí que nos mirara. Y nos miró, y te miró. Y dejó la lapicera sobre el escritorio y surgió otra mujer, surgió una médica que intuyó tus interrogantes, tus incertidumbres y asumió que éste era el momento de prestarte oído y responder a lo que ¿deseabas? oír. Ya habían transcurrido 12 meses desde la operación en noviembre, tú habías respondido muy bien a la medicación, nos dijo. Su pronóstico? preguntaste. Ella había imaginado 13 meses desde la operación…………………………….. y continuó explicándonos mientras dibujaba una gráfica en el papel, donde estabas tú en ese momento, que había pacientes que luego de 4 años aún seguían en tratamiento, que no todos los casos son iguales, que lo importante es vivir el día a día, etc., etc., Y aunque ella señalase en el papel donde estabas tú, yo me preguntaba realmente dónde estabas en ese momento. Tu cabeza se movía asintiendo lo que ella decía, pero yo intuía que en tu interior, estabas perdido, navegando en medio de mares tenebrosos. Intentaste bromear al saludarla cuando nos retiramos, yo la saludé agradecida. Pero no por la respuesta que te había dado, al fin y al cabo no sé si realmente querías saber algo nuevo u oculto, o contrastar su opinión con lo que todos ya sabíamos y mejor que nadie, tú. Internamente le agradecí, porque comprendí que ese escritorio sí es su muralla. Porque es probable que cueste mucho encontrarse ante unos ojos que disimulan el querer saber o no la verdad de su realidad.
Regresamos en silencio a casa. Lloramos en silencio y luego fuerte. Te abracé intentando contenerte, aunque egoístamente, quien buscaba contención en tí, era yo. Casi podía escuchar el repiqueteo en tu cabeza del “13” y estoy convencida que hasta lo jugaste en la Primi.
Ahora ya pasó casi un mes, quedó atrás el 13. Luego vendrá el 14, 15, el día a día, quién sabe?
Hemos chocado con la vida muchas veces por exceso de velocidad, ahora entendemos todas sus señales.
No quiero que pese a los miedos e incertidumbres, a los temores y a la distancia, te impactes con la vida. Solo quiero que continúes con el guión como hasta ahora, que te sigas quedando cada día.
Quién sabe aún, el final de esta historia.
