Estaban en la vereda, contra la pared de una casa en ruinas del centro de Montevideo. El, sentado en un sillón estilo victoriano sin patas con un solo apoya brazos, de terciopelo raído, antaño quizás color mostaza, hoy indefinido. Su larga y enmarañada cabellera castaña se mezclaba con la barba, por lo que no habría podido reconocerle fuera de aquél entorno. Sus ojos saltones brillaban bajo la lluvia fina e intermitente mientras con una cobija vieja intentaba cubrirla, como si aquél tejido desgastado y agujereado gris y verde, garantizara que el agua no traspasara al cuerpo de la chica de pelo corto y mirada triste, que sentada en el primer peldaño de la entrada de la casa, le miraba desde abajo como quien contempla a un rey que osa posar su vista en alguien de la plebe. Y lentamente su rostro fue descendiendo hasta que sus labios suavemente se posaron en los temblorosos labios de la joven. Se alejaron un breve espacio, se contemplaron y juraría que el arco iris se instaló en los escasos dientes que aún conservaba ella cuando le ví sonreir. Y por unos instantes ella fue su reina, la novia llevada en andas, la chica que tira el ramo.
Y por unos minutos sentí tanta envidia¡¡¡ Creo que hasta sentí celos de aquella mujer. Un beso bajo la lluvia, qué mas se puede pedir………..
El sonido de varias bocinas me hicieron reaccionar. Hacía rato había cambiado el semáforo a verde y yo no arrancaba ni el coche ni mi vista de aquella peculiar pareja, amándose cual reyes ante los ojos del pueblo, siendo bendecidos por la llovizna de una tarde invernal, mientras algunas gotas de lluvia que entraban por mi ventanilla semiabierta, se confundían con mis lágrimas saladas.
