Se conocieron en la escuela, cuando el primer día de clases de 1º de Primaria, se sentaron en el mismo pupitre por orden de lista. El se llamaba Gustavo y ella Marina. A la salida, también descubrieron que viajaban en la misma camioneta y que vivían cerca el uno del otro. Así fue como además de gomas y lápices, pasaron a compartir meriendas y recreos, pero siempre y antes de sonar la campana de fin de recreo, Gustavo tenía algo que cuchichear al oído de Marina, volviéndose así los últimos al regresar a clase.
Y fueron pasando los años. Las familias se fueron conociendo en las fiestas de la escuela, esperas frente a la puerta mientras aguardaban la llegada del ómnibus que los traería de los campamentos y por último, de los cumpleaños que cada uno festejaba.
Al llegar a los 11 años, casi todos sus amigos apostaban a que esa relación de amistad pronto se convertiría en “algo más”. Pero fue recién a los 14 y al salir del cumple de Marina, cuando se dieron su primer beso. Gustavo tenía esa cara de “niño bueno” pero grande, con una frase graciosa siempre en los labios, una sonrisa socarrona que enloquecía a las chicas, su pelo revuelto y una verborragia inagotable. Probablemente no fuese su belleza lo que mas atraía, sino su personalidad, su forma de estar ahí, en el momento oportuno y con las palabras adecuadas.
En Preparatorio se separaron de clase ya que ella quería ser Médico y él Profesor de Literatura. Solo compartían recreos esporádicos y la salida del Liceo, donde tomados de la mano, hacían mas largo el trayecto para ir contándose todo lo que habían guardado por decirse de un día para el otro. Estaban convencidos que envejecerían juntos así tuviesen dinero o no, sólo importaba el amor que sentían y no necesitaban más........ excepto aquél apartamento que un amigo soltero de Gustavo les prestaba casi siempre para sus encuentros íntimos, donde la pasión contenida de aquella adolescencia desbordó por vez primera y a partir de entonces, cual adictos insaciables, regresaban por mas ante cualquier ocasión.
Marina ingresó a Facultad de Medicina y Gustavo al Instituto de Profesores. Y si bien cada tanto se encontraban con amigos de la niñéz, poco a poco las nuevas amistades que cada uno fue haciendo, hizo también que sus salidas juntos se fueran dividiendo. Muchas veces ella lo acompañó a algún asado en casa de compañeros del IPA y de lejos, le observaba hablar entusiasmado sobre Horacio Quiroga, su gallina degollada y la simbología del cuentos –a ella le había parecido tan absurdo cuando obligada, tuvo que estudiarlo en el liceo-; Jaime Sabines y la Literatura Latinoamericana , o de cualquier otro tema relacionado con las letras, que también se vinculaba a la filosofía, a la política, a los sentimientos. Y no se trataba que a ella no le gustase leer, siempre que tenía un tiempo libre -fuera de sus libros de medicina- estaba leyendo alguna novela poco complicada, de esas que a los días olvidaba su contenido. Ella había elegido como especialidad, Pediatría. En realidad no la había elegido, se la había autoimpuesto a partir de la muerte de su hermano menor Daniel, tres días antes que él cumpliese cuatro años a consecuencia de una “infección virósica”, dijeron los médicos. La utópica ilusión de encontrar un día una cura genérica que hiciese desaparecer por siempre de los informes médicos la fatídica frase "causa del deceso: indeterminada", había sido siempre su obsesión.
Y fue un día de encuentros en el apartamento, mientras Marina, montada en las nalgas le masajeaba recordando con nostalgia aquellas tardes intensas, de pasión interminable entre esas mismas paredes, que tuvo la certeza que la relación no podía continuar. Al acariciar la espalda de Gabriel, se descubrió contándole las vértebras: aquí están las siete cervicales……..1,2…, si están; 12 dorsales; 5 lumbares, ajá…. y mientras continuaba entretenida en su estudio, con espanto advirtió que aquél cuerpo que tanto había acariciado y besado en otros tiempos, con tanta devoción y deseo de hembra, ahora lo estaba revisando como a uno de los tantos que examinaba cada día en su trabajo en la morgue. Lo sintió frío y ajeno; ella misma se sintió vacía. Entonces, sin ninguna causa aparente para él -como los informes médicos que ella tanto odiaba- se dijeron adiós.
Por muchos años no volvieron a verse, sino hasta el reencuentro en una cena de ex alumnos de la escuela. Como la primer vez, se sentaron juntos, se pusieron al día con sus respectivas vidas, hasta que se escuchó la música y Gustavo la invitó a bailar una canción lenta que a ambos les gustaba. Cuando la tuvo entre sus brazos y luego de insinuar un reinicio, él le susurró al oído:
- Recuerdas por qué me dejaste?
- No –mintió ella-. Si volvemos a estar juntos, quizás lo recuerde. Pero ya estoy vieja para recordar.
